Crítica: Arte mínimo

Por José Antonio Chacón Núñez. // 17/03/15

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Debajo de nuestra piel pululan todo un elenco de actores secundarios que nos dan la vida, no importa si es de glóbulos, moléculas, neuronas o energía de lo que hablamos, están ahí, existen y en su arbitrariedad o calculado movimiento nos forman. Sobre el suelo que pisamos danzan las hormigas en lento pero firme compás explorando un mundo pequeño y escondido que a ellas se les hace enorme. Y en las formas naturales llenas de irregularidades encontramos una arquitectura invisible de formas perfectas, un catálogo de fractales. Existe un imperio de las formas mínimas y pequeñas y una autopista silenciosa de probabilidades que se multiplican infinitamente y que sin darnos apenas cuenta gobiernan nuestro mundo. Y de la misma manera existe un arte que se dedica a jugar con ellas , aumentarlas y extendernos una entrada al espectáculo de la miniatura.

La invitación a entrar en este fascinante mundo nos viene dada en esta ocasión por la galería Alarcón Criado a través de la exposición “Dibujar y Robar”, del artista Bernardo Ortiz, en su espacio situado en la Calle Velarde 9, que podemos visitar hasta el 30 de abril.

Ortiz nos ha tendido una trampa. El cebo es un espacio a priori casi vacío y silencioso donde encontramos , en ocasiones camufladas como si de camaleones se tratasen, distintas obras repartidas por los muros de la galería. Las formas a primera vista son rectas y racionales, rectángulos que con distintos tamaños y materia se extienden a dispares alturas. Pero al observar detenidamente cada una de ellas sumergidas en su rotunda quietud empiezan a aflorar irregularidades que les confieren individualidad. Un conjunto de tres papeles encerados y pintados de distintos colores han sido plegados explorando así las posibilidades expresivas de esta materia bien sea por su contraste con el muro limpio o en la soledad y profundidad de la marca. La luz incide en sus superficies y crea distintos brillos , formas perecederas que pasan por nuestros ojos como una película. Pero en el reino de la expresión formal mínima hay muchos más ingredientes que los que solemos juzgar los historiadores del arte. También entra el movimiento y la palabra.

Los espectadores juegan con algunas de estas piezas dándoles movimiento a través del soplo y rodéandolas con la inquietud de un niño que espera abrir su regalo . De una superficie manchada de blanco, donde entrevemos el relieve que dejan gruesas capas de pigmento, sale tímida una tira con la palabra escrita “ el mar agitado” y es entonces cuando la palabra muda cambia por completo el sentido de dicha obra. Esta interacción de la palabra con el trazo también reside en algunos dibujos en los que distribuidas como una constelación las palabras se tocan y metamorfosean entre ellas. El acto , en ocasiones irracional, de dibujar y escribir que vemos en sus obras nos permite no solo intentar descifrar lo que su mente ha querido expresar sino además reflexionar sobre la imposibilidad de “determinar con certeza cuando una marca dice realmente algo y cuando nada”, como el mismo nos cuenta.

Es por ello que tras ir recorriendo pieza a pieza termino cuestionándome si Ortiz es el autor de sus obras o solo un cauce por el cual la naturaleza se expresa una vez más de manera oculta.

Quizás el mayor provecho que podamos llevarnos de esta muestra no es ya el disfrute de un arte tan reducido como un haiku sino también el acto de desvelar la mirada y la mente de esa capa dura que no nos deja disfrutar del goce de lo pasajero y la dimensión de lo pequeño.

José Antonio Chacón Núñez.

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Titulo: Kumara
Autor: Man o Matic

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